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LA DEHESA DE BERCIANA

Conflictos de la villa de Méntrida con el Concejo de la Mesta, en relación con el aprovechamiento de la Dehesa de Berciana. Siglos XVII Y XVIII.

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Tras la compra de Berciana por el concejo mentridano en 1631, la dehesa incrementó de modo sustancial su potencial económico para el municipio.


A los aprovechamientos tradicionales de explotación de su riqueza pecuaria y forestal, se sumó la posibilidad de reservar parte de su extensión para su sembradura, introduciendo en la misma el cultivo de cereal, que a perdurado hasta nuestros días.


En origen, la roturación de parte del monte fue una concesión real extraordinaria por diez años, a favor de los veintiún hacendados que contribuyeron de manera singular en la compra, aportando una importante suma de dinero y avalándola con bienes patrimoniales propios. La facultad real necesaria para arrancar encinas y roturar el monte fue tramitada en 1632 directamente por los condes de Palma y marqueses de Montesclaros, vendedores de la dehesa, según lo estipulado en las cláusulas de la compraventa.


Las dificultades para hacer frente a los últimos pagos, hizo que la justicia de Méntrida se viera obligada a cursar reiteradas solicitudes para prorrogar la facultad de labrar las suertes de Berciana algunos años más. Esta circunstancia propició que se produjera un choque de intereses entre el municipio mentridano y el Concejo de la Mesta, ya que la sucesiva ocupación de tierras para usos agrícolas implicaba la merma de la superficie de pastos y herbajes a los que las merinas del Hondo Concejo de la Mesta habían tenido libre acceso a la dehesa de tiempo inmemorial. La colisión de intereses cristalizó muy pronto en un pleito que se prolongaría entre 1648 y 1657, obligando a la villa de Méntrida a no exceder de 500 fanegas de terreno de sembradura en la dehesa y que ésta sólo se llevara a cabo con la empresa facultad del rey. Evidentemente, la ejecutoria donde quedan patentes las diferentes sentencias dictadas en el pleito, deja a salvo y subraya el derecho inmemorial de la cabaña real de la Meseta a pastar libremente en la dehesa en sus trashumancias periódicas.


El documento que se recoge toda la información al respecto, aclara que la primera prórroga de la facultad para continuar labrando en Berciana se logró el 24 de noviembre de 1640, cuando aún no había expirado la década de la concesión inicial, que se prorrogó dos años más, aún sin concluir éstos, se tramitó y consiguió otra prolongación por diez años más, por facultad real de 24 de mayo de 1642, en 1951, sin aún expirar la vigente, se logró un año más de prórroga.


Las alegaciones del concejo mentridano en estas sucesivas solicitudes hacían siempre referencia al procomún del vecindario y a las dificultades que tenía el municipio para afrontar la cada vez más asfixiante presión fiscal de la corona. Después de los diez primeros años, en que los beneficiarios fueron los antes aludidos veintiún hacendados, en lo sucesivo de estableció un sistema de arrendamiento de las suertes por parte del concejo, pasando a constituir una renta más del ayuntamiento con la qu atender a sus necesidades económicas. Para los labradores, por su parte, suponía la posibilidad de ampliar la cosecha del cereal, asunto en absoluto baladí en u en tierras de pan llevar.


La sentencia definitiva ratificada en la real ejecutoria, fechada en Madrid el 3 de marzo de 1657, favorecía claramente al poderoso Concejo de la Mesta, en detrimento de los intereses mentridanos en aquellos predios que eran de su propiedad, como enfatizan los informes del ayuntamiento de la villa, al que, amén de lo arriba indicado, se le condenó a una multa de 40.000 maravedíes. Los argumentos esgrimidos por el procurador de la Mesta en el pleito inciden en que las fanegas labradas en la dehesa fueron siempre más de las permitidas, con lo cual tenían quitado a los ganados de la cabaña real su pasto y herbaje, en que recibían notorio agravio y perjuicio.


Los litigios entre Méntrida y el Concejo de la Mesta cesaron en 1657, a pesar de que, de manera esporádica, los mentridanos ganaron sucesivas facultades regias para labrar parte de la dehesa. Habrá que pasar algo más de medio siglo hasta que se registre en los archivos de Honrado Concejo de la Mesta un nuevo pleito con la trashumancia por Berciana como objeto de porfía, y, por supuesto, otra vez con los intereses de los labradores en el centro de la controversia.


El conflicto estalla hace ahora justamente tres siglos, por la denuncia presentada por un grupo de pastores mesteños en el puerto real de la Torre de Esteban Hambrán, a finales de octubre del 1713. Se quejaban de que se les había estorbado en paso por el camino viejo que conectaba la Cañada Real Segoviana a través de Berciana con la Torre de Esteban Hambrán. La acusación de tramita ante Francisco de las Casas, procurador del puerto real de la Torre por el Honrado Concejo de la Mesta:


En la jurisdicción de Méntrida, donde llaman Berciana, parte señalada donde a sido estilo tener cordel para la Cañada Real que baja y sube de este real puerto, parece que este presente año se ha arado dicho cordel por los vecinos de Méntrida, habiéndole sembrado y dejado tan sólo camino o senda de caballerías, de calidad que la dicha cabaña no cabe por él sin que haga algún daño en los dichos sembrados, porque los rabadanes que bajan de este puerto real se quejan agriamente estorbándoles el paso dicho cordel y quitando el paso y maltratando el ganado de dicha cabaña y diciendo no es cordel.


Si en el siglo XVII los problemas afectaron a la disminución de los pastos, a consecuencia de la roturación y desmonte, en el siglo XVIII el conflicto surgirá por la intromisión en una de las vías pecuarias colaterales a la Cañada Real Segoviana en el tramo que históricamente enlazaba está desde Berciana con la Cañada Real Leonesa Occidental, en la Tierra de Talavera.

La pretensión de los mentridanos consistía en obligar a los rebaños mesteños a continuar camino hasta Valmojado por la cañada Segoviana, para desde allí dirigirse a La Torre, cuyo contadero era paso obligado desde el último tercio de siglo XV. A los afectados, mayorales de hatos de merinas de diferentes propietarios segovianos de Riaza y Broajos, esto les suponía un retraso de dos jornadas en su trashumancia, con los consiguientes perjuicios. Y, en el fondo, lo que los lugareños , en la medida de lo posible, eludir la presencia de rebaños mesteños transitando por Berciana, habiendo, como había, la alternativa de enlazar con el puerto real de La Torre a través de Valmojado, siguiendo la cañada principal que avanzaba en paralelo a los límites de la dehesa, por la jurisdicción de Villamanta.


En cualquier caso, una vez más, la Mesta conseguirá una sentencia favorable a sus intereses, truncando los propósitos de Méntrida, ya que la consecuencia de este litigio será el acotamiento y deslinde del viejo cordel de Berciana y su inmediato amojonamiento, con apercibimiento que en adelante quienes invadieren dicha vía con sus sembrados serían multados con 10 ducados cada uno, y con 50, la justicia quien lo considere.


El juez comisionado en el litigio fue el corregidor de Navalcarnero, don Pedro Niño San Miguel y Abarca, ante quien la justicia de Méntrida, alegó que jamás había habido por esta villa ni su jurisdicción cañada publica acordelada ni de otro género para el paso de ganados que bajan a extremo, añadiendo que habían ganado facultad del rey y de su Real y Supremo Consejo de Castilla para arar toda la dehesa de Berciana por doce años, que empezaron el 10 de septiembre del año de 1707 y cumplirá otro tal día del que vendrá de 1719. Pese a lo alegado, el letrado firma un auto para efectuar un reconocimiento sobre el terreno del cordel en lite, para lo que será acompañado por los mentridanos Francisco Rodríguez y Pedro Herradón.


La diligencia efectuada el 26 de marzo de 1714, nos informa que el trayecto en litigio pasa por el arroyo de Berciana y, atravesando el arroyo de Valquejigoso, va a dar a la Cruz de los Jarales, hasta llegar al camino de la Aldea. Reconocido por el juez y testigos, comprobaron que la vía había sido recientemente amojonada, pese a lo cual constataron haberse metido intrusamente los vecinos que tienen arrendadas las diferentes suertes de la tierra en el camino acotado. Visto lo visto, el juez comisionado lleva a cabo una información jurídica, para proveer en justicia. Entre los once declarantes figura el alcalde ordinario Juan Pintado, quien reconoce, que en efecto, el paso común de los ganados que trashuman y pasan por esta villa bajando del puerto real de la Torre es el camino de Berciana, que atraviesa por el arroyo de Valquejigoso y el de Berciana, a la Cruz de los Jarales , hasta llegar a la jurisdicción de la Aldea, que es hasta donde llega la jurisdicción de esta villa, y que desde allí tiran y han tirado los ganaderos cada uno por donde a querido, y lo mismo por la jurisdicción de esta villa, y que antes de que se arara dicha dehesa de Berciana, pasaban por donde querían por ella, y desde que fue sembrada las han dado un paso regular que sigue el camino atrás dicho, y que ha sucedido lo referido en todo el tiempo de su edad y han tenido por camino común el referido de Berciana por los pasos referidos.


El tenor de las demás declaraciones es muy similar, incluido el del teniente de corregidor, Dionisio rodríguez de Toro, máxima autoridad de la villa, quien aclara que la cuerda sale de la población por el camino de Berciana, junto a la ermita de San Idelfonso.


Hecha esta diligencia, mandó don Pedro Niño comparecer a los que se hallaron presentes en el reciente amojonamiento de la cuerda de Berciana, que indican fue realizado tan solo cuatro días antes de la llegada a Méntrida del propio juez Niño, siguiendo instrucciones de la justicia de la villa, que adujo que se había hecho necesario para dar paso a los ganados, arrieros y demás gente pasajera, por la estrechez del camino. El juez pidió también explicaciones a los alcaldes mentridanos sobre las razones porque las hicieron poner los mojones dentro de muchas de las heredades sembradas, a lo que contestaron que así lo ordenaron por dar bastante paso a los ganados y evitar disturbios entre los ganaderos y vecinos, y que pues habían sido codiciosos en meterse en el camino, no hubiesen que pedir ante sí y su compañero le comían aquel sembrado hasta donde había dado la orden de poner los mojones.


El asunto resultaba extremadamente extraño. Tanto como para que la justicia de Méntrida procurara dilatar los trámites y evitar que los autos del juez prosiguieran con la normalidad requerida. La necesidad de abreviar el relato me priva de traer a colación algunos episodios curiosos al respeto. Yendo al grano, tras sortear no pocas trabas, el juez Niño lleva a cabo la diligencia crucial en el proceso, la identificación de los codiciosos que habían sembrado parte de sus heredades en lo acotado en el camino para proceder penalmente contra ellos. Esta actuación se verifica el 8 de abril, con la asistencia de los vecinos Francisco Jiménez Moral y Manuel Cabrera, conocedores del tema en cuestión. Tras recorrer la cuerda, desde la ermita de San Idelfonso hasta el pago de la Mataladrona, comprobaron que en 32 heredades se habían producido intromisiones, unas más y otros menos, los mojones se adentraban hasta 16 varas en el camino. La mayor parte de las tierras reseñadas se hallaban en la dehesa de Berciana y habían sido arrendadas a diferentes vecinos. En la inspección efectuada se comprobó también que la distancia entre mojones marcaba una anchura irregular, en algunos tramos, las 25 varas reglamentarias de las veredas, pero en otros muchos, 23, 21 e incluso 19 tan sólo, aunque en algún trecho la anchura llega a 39 varas. En realidad, el camino viejo de Berciana siempre había tenido la categoría del cordel, lo que implicaba una anchura de 45 varas, equivalentes a 37 metros, aproximadamente.


Inmediatamente, el juez ordena comparecer a los afectados, para ratificar la información recopilada y pedirles explicaciones. Tras la comparecencia de los tres primeros inculpados, la justicia mentridana pide clemencia al juez, muy posiblemente impulsada por el teniente del corregidor de la villa, uno de los implicados, que había sido el primero en comparecer ante el juez. Después de una intensa negociación, el letrado ofrece como solución que el concejo acepte formalmente que su merced pase a abrir cordel para el paso del ganado de la cabaña por el camino que la atraviesa la dehesa de Berciana, que se compone según leyes de Mesta a cuarenta y cinco varas, cuyo paso y anchura ha de ser para siempre.


Los vecinos, reunidos en concejo, acataron lo dispuesto por el juez. El acuerdo se adoptó el 10 de abril, en estos términos:


Dijeron que por sí, como tales capitulares y en nombre de esta villa y su común, por obviar pleitos y gastos, se conformaban y conformaron en que por el camino que atraviesa la dehesa de Berciana, propia y privativa de esta villa, que sale a la del Fresno, se abra el cordel para el paso de los ganados de la cabaña real, del hueco de cuarenta y cinco varas, como por dicho auto se previene, para que dichos ganados usen de él perpetuamente sin extravío alguno, desde las entradas de este año de la fecha. Y se obligan a que por esta villa ni su común no se contradirá ni pondrá repugnancia en tiempo ni manera alguna en el paso y cordel de dichas 45 varas por dicha dehesa, so expresa obligación que hicieron de sus personas, propios y rentas del concejo de esta villa y su común. Y así lo acordaron, nómino discrepante y sin contradicción alguna.


En cumplimiento de lo acordado, se verificó al día siguiente el acotamiento del camino, cuya curiosa acta reza así:


En la villa de Méntrida, a los dichos once días del dicho mes y año dichos, el señor Don Pedro Niño San Miguel y Abarca, abogado de los Reales Consejos y corregidor por su majestad de la villa de Navalcarnero y juez de estos autos, con asistencia de mí, el escribano, y de su ministro, y de Miguel López, alcalde ordinario de ella, y de Diego Villamiel, procurador general de dicha villa, y de Nicolás Valdemoro y Manuel Andaluz, amojonadores nombrados por dichas justicias, pasó donde la llaman la Mataladrona, sitio donde remata la dehesa de Berciana, propia de esta villa, donde finaliza la jurisdicción de ella y empieza la de la villa del Fresno, sexmo de Segovia, y estando en dicho sitio con los referidos, se merced tomó el cordel de 45 varas que llevaba medido desde dicha villa, de que el presente escribano da fe, y, doblándole, ató y puso señal en donde era la mitad de él. Y dio una punta al alcalde Miguel López y la otra al procurador general Diego de Villamiel, a quienes mandó su merced, habiéndose puesto en dicho sitio y en medio del paso que al presente está abierto por dicho camino, y tomando con su mano la señal que hacía mitad de dicho cordel, se tirasen cada uno por su lado tirándole hasta donde alcanzase, y habiéndolo ejecutado los referidos alcalde y procurador, visto por su merced y por mí, el escribano, y demás asistentes, adonde llegaban las puntas del referido cordel, mandó a los dichos mojoneros nombrados que cada uno de su lado hiciera un mojón en el sitio que le correspondía , como con efecto lo hicieron, y, de trecho en hasta finalizar en la dicha dehesa de Berciana, hasta donde se ejecutó en la manera dicha la tendida del cordel y hechura de mojones, y por el dicho camino que atraviesa la referida dehesa, que es el mismo que consta de estos autos para el paso de los ganados trashumantes, y el que se pidió y sobre que se litigó por el procurador general del Concejo de la Mesta ante los señores de los Reales Consejos. Y de haberse ejecutado así con asistencia de los referidos, doy fe. Y lo firmó junto con el que supo, de que doy fe. (Siguen las firmas de Pedro Niño y Diego Villamiel) Ante mí, Antonio Chico Pérez Alemán (rubricado).


Estas diligencias se notificaron formalmente al pueblo de Méntrida en un concejo celebrado el 16 de abril de aquel año 1714, informando individualmente también a los arrendadores de las suertes de Berciana que debían acatar lo dictado por el juez y retranquear los sembrados hasta los mojones dispuestos, respetando íntegramente las 45 varas de cordel. De aquel modo, se evitaron más inconvenientes y los infractores excusaron las sanciones que les hubieran sido impuestas, finiquitando así el pleito en menos de un año.

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