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LA ALAMEDA

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Junto con la Dehesa de Berciana, La Alameda constituye uno de los más significativos espacios del patrimonio natural de Méntrida, a la par de uno de los motivos de orgullo de mayor rango, al hacer repaso de los recursos heredados de las generaciones pretéritas.
El origen histórico de la Alameda no está del todo estudiado, pero cabe situarlo en los inicios de la Edad Moderna, muy probablemente coincidiendo con la etapa de expansión del casco urbano.

Tenemos constancia documental de la presencia de la Alameda en 1631, aparece como tal entre los bienes y rentas que el ayuntamiento hipoteca para la compra de Berciana a los Marqueses de Montesclaros.

La primera noticia sobre la Alameda encontrada se remonta a 1730. Recoge el gasto de la construcción de un puente en el arroyo de Valdegotera, para el referencia a la urgente necesidad de regenerar su arbolado, que por entonces se encontraba en penosas circunstancias.
"Que mediante haberse experimentado que, por no guardar y permitirse deshoje y corte, la alameda que está Camino de la Fuente del Caño, se han perdido los Álamos que tenía. Por estar el ganado en ella no produce nuevos árboles, y se origina la extinción. Mando su merced que las justicias, en observancia de las reales órdenes expedidas para el aumento y conservación de las arboleas y plantíos, no permitan que la referida se deshoje de rama ni corte en manera alguna."

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Los inadecuados criterios aplicados en el aprovechamiento forestal habían llevado a la ruina de la arboleda, poniendo en riesgo su regeneración el hecho de permitir entrar en su recinto el ganado.
La situación mejoró en los años siguientes. En 1749, quedando de ello testimonio en la documentación inventariada del escribano Pedro Gutiérrez de Arroyo, entre a que se cita un cuaderno donde se apuntó el producto de la leña de la Alameda cuando se vendió el año 1749.
Aquel año sería decisivo en el discurrir histórico de la Alameda, precisamente en las primeras semanas de dicho año cuando se registra uno de los capítulos más relevantes, consecuencia de la puesta en marcha de la política forestal, impulsada por el ilustrado Marqués de la Ensenada, que un año antes había asumido las riendas de la política en la España de Fernando VI.
Como consecuencia de la Real Cédula del 7 de diciembre de 1748, sobre la conservación de montes y nuevos plantíos, se adoptan en el consistorio mentridano medidas contundentes que contribuirán al futuro esplendor de la Alameda, que se ampliará ocupando parte del antes citado prado del Juncal.
Siguiendo instrucciones de la Duquesa del Infantado, remite a Méntrida un mandato fechado el 8 de enero de 1749, ordenando un nuevo plantío en tierras comunales. En virtud de lo ordenado, los alcaldes de la villa, José de Prado Beltrán y Tomás Rodríguez, nombraron a los vecinos Francisco de Chozas y Diego Vaquero, personas de toda inteligencia y experiencia para que señalasen el sitio más conveniente donde se hiciese el plantío. Los comisionados informan que el lugar más apropósito sería el denominado sitio de Júcar y sus arroyos, por no haber otro alguno, como es notorio, aconsejando se plantes álamos negros y blancos, e instando a que el plantío se efectúe a la mayor brevedad, dado que el tiempo adecuado para ello es en los meses de diciembre y enero.
Así pues, los alcaldes acuerdan y dan instrucciones para que la plantación se realice al día siguiente, dando aviso por voz del pregonero a la vecindad, para que concurran a hacer la planta al sitio expresado, llevando para ello los azadones y demás instrumentos convenientes para su ejecución, advirtiendo de castigo severo para quienes desobedecieran el mandato.
Cada vecino debía colaborar plantando cinco árboles, debiendo ser extremadamente cuidadoso el vecindario en la correcta conservación del arbolado, cuyo aprovechamiento quedaba muy restringido, como también la presencia del ganado en el mismo. De todo ello debía cuidar un guarda especialmente designado al efecto, cardo para el que en Méntrida se designó a Bernardo Herrero.
En 1752, volvemos a hallar noticias sobre la Alameda. En la relación de los bienes se especifica lo siguiente:
"Una alameda inmediata a la población que consiste en tres fanegas de buena calidad por lo respectivo al suelo y de mala por los álamos, por ser pocos, muy malos y viejos, que no producen nada y sólo sirven para adorno de paseo público. Confronta a oriente con el camino de Caño: a poniente, huerto de Manuel Rodríguez: a norte, el camino de Escalona; y al mediodía, con el dicho del Caño"
Tres décadas después, confinando al pueblo, una alameda muy frondosa de álamos negros y algunos blancos. Al parecer en 1782 la Alameda gozaba de muy buena salud.

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Recientemente se han colocado, para ornato de la puerta situada frente al álamo gordo unas piedras que en origen se situaban en el puente de San Roque. Éstas se ubicaron en dicho puente tras la obras de reparación del mismo efectuadas en 1863, año que la corporación acordó rebautizarlo con el nombre de puente de Luchana, tal y como recoge el preceptivo escrito remitido al Gobernador de la provincia (23 de enero de 1864).

Se le dio ese nombre en memoria de la célebre victoria de ejército isabelino, capitaneado por el general Espartero, frente a los carlistas que asediaban Bilbao, hecho datado en 25 de diciembre de 1836. De este modo, Méntrida corroboraba su probada fidelidad a la causa liberal.
Junto al quiosco, se encuentra depositada una enorme piedra gris sin inscripción, que fue hallada en la Dehesa de Berciana en 1913 por José Franco Sánchez. Estaba enterrada junto a la carretera que conduce a la Ermita, en las inmediaciones de la curva próxima a la Encina de las Bendiciones. Se desconoce el contexto arqueológico de esta curiosa pieza.
En la actualidad, la Alameda se divide en dos zonas bien diferenciadas. La conocida como Alameda Nueva, donde existe una gran variedad de especies tanto arbóreas como arbustivas, con portes muy desiguales. Y la denominada Alameda Vieja, con menor variedad de especies.
En conjunto, la masa arbórea está compuesta por unos 650 ejemplares de 20 especies diferentes, en su mayoría caducifolios (más del 83 por ciento del total). Curiosamente, las especies más numerosas corresponden con ejemplares utilizados para la repoblación posterior al azote de la grafiosis, al principio de los años 90 del pasado siglo: el plátano común (228 ejemplares, casi todos en la Alameda Nueva), entre las especies caducifolias, y la palmera california (228 ejemplares), entre las perennifolias. Respecto a los álamos, que en origen imperaban en ambas zonas, quedan actualmente algo más de dos centenares de ejemplares, de los que aproximadamente la mitad son álamos negros que crecen asilvestrados en la ribera del arroyo.
Respecto a las especies arbustivas, hay un predominio de ligustrum japonicum y ligustrum ovalifolium, que son la base de los setos arbustivos que delimitan los espacios ajardinados, pero se contabilizan algo más de una decena de otras especies, tanto caducifolias como perennifolias, integradas en las referidas áreas ajardinadas, predominando su superficie y variedades en la Alameda Nueva. Las más abundantes son: laurel, celinda, tamarindo, pitósporo, rosal, boj común, evónimo, espirea, lavanda, tuya, hiedra, madroño, romero y durillo.