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Orígenes

Existen antecedentes históricos del cultivo de la vid en el centro peninsular que se remontan a la época de la romanización, con toda probabilidad, las plantaciones de viñedo en  nuestra zona tiene su origen en la colonización romana del territorio carpetano, si bien no tenemos constancia documental que lo corrobore.

En todo caso, el viñedo y la producción de vino están estrechamente vinculados con el origen histórico de la repoblación medieval. A partir del siglo XII, tanto de Méntrida como de la comarca en que se enclava, en la cuenca media alta del Alberche. Esta zona, comprendida por parte de las actuales provincias de Ávila, Madrid y Toledo.

Sin embargo, en los pueblos ligados en origen al Alamín, principalmente Villa del Prado, La Torre de Esteban Hambrán y Méntrida, el cultivo de la vid fue consecuencia de la continuidad de explotaciones de la época del dominio musulmán, siendo su precedente inmediato los viñedos cultivados por los mozárabes afincados en los dominios del castillo de Alamín, en época anterior a la donación regia  de estas tierras  al arzobispado toledano, en 1180.

El éxito del afianzamiento en la repoblación de pueblos como Méntrida, tuvo mucho que ver con la revitalización de la producción vitícola, que desde la segunda mitad del siglo XIII experimento una expansión notable, gracias al desarrollo de los intercambios comerciales, tras la decisiva consolidación del dominio cristiano en el valle del tajo, después de las navas de Tolosa.

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 Normas, usos y costumbres en el siglo XVI

En cuanto a las normas, principalmente, las Ordenanzas municipales del siglo XVI hacían referencia a la protección y fomento de la viticultura dada la vital importancia que esta actividad representaba para la economía local;  y por otra parte, la extensa trayectoria que tenía el cultivo de la vid y la producción del vino, ya que lo que plasma la normativa responde a fijar los usos y costumbres que de tiempo inmemorial estaban vigentes.

Las de Méntrida, que conocemos por una copia custodiada en el archivo de la Casa Ducal del Infantado (Ordenanzas de la Villa de Méntrida, elaboradas por el consejo de Méntrida el 24 de enero de 1566 y confirmados por el Duque, con la supervisión de su Consejo, en Guadalajara el 4 de diciembre de 1568. AHN, Nobleza, Osuna legajo 2.254, Nº 10) contienen más de un una treintena de artículos directamente relacionados con el tema, además de numerosas alusiones indirectas en el resto del articulado. Específicamente, los asuntos que abordan tiene que ver con la guarda y custodia de los viñedos, para prevenir daños del ganado y robos, fijando las penas (multas) a los causantes y las competencias de los viñaderos (así se denominaban en la época a los guardas del viñedo).

Pero también, la normativa trata sobre la labranza de las vides y la vendimia y el cuidado de las viñas; y, finalmente, aborda el comercio del vino.

Algunos datos significativos plasmados en dichas ordenanzas municipales tratan sobre:

La guarda de las viñas

Prevenir daños en las vides era asunto que preocupaba a lo largo de todo el año a los viticultores, ya que, en gran parte, el éxito de la cosecha dependía de ello. A tal efecto, las ordenanzas establecían medidas eficaces, encausadas a impedir el acceso a las viñas de animales que pudieran producir daños, así como de personas que entraran a hurtar frutos, estableciendo severas multas a los infractores.

De la guarda y custodia de las viñas se encargaban los viñaderos, designados por el ayuntamiento, habitualmente se contrataban el día de Santiago (25 de julio). EL oficio implicaba vivir de forma permanente en el campo, para proteger las heredades de día y de noche. Así se expresaba en el juramento del cargo, como también que se comprometían a denunciar personalmente a los infractores, de otro modo, se exponían a ser apartados del oficio y pagar una multa.

La vendimia y el cuidado de las viñas

Como en la práctica totalidad de las actividades económicas de la localidad, la explotación del viñedo y comercialización del vino estaba regulado y supervisado por la autoridad municipal, De hecho, por ejemplo, la fecha de inicio de la vendimia la fijaba el consejo; no se podía vendimiar hasta que la autoridad pregonara el día de su comienzo. Quienes contravenían la norma, perdían la uva vendimiada. Las ordenanzas indicaban también que las faenas de vendimia no podían empezar antes de la salida del sol, bajo pena de multa.

La normativa municipal establecía también que las viñas tuvieran albollones (desaguaderos) abiertos, para facilitar el drenaje en época de lluvias, igualmente debían tener abierta una hondonada, para evitar daños en los temporales. Y se debía circundar los límites de las viñas mediante setos, prohibiendo retirar la leña de los mismos en ningún tiempo.

El comercio del vino

La preocupación del consejo mentridano por preservar la calidad de los vinos producidos en la localidad queda patente en la normativa municipal, estableciendo la prohibición de rotunda de la elaboración de aguapié de lo torcido [a decir de Covarrubias, lo que sale de la cosa que se exprime con fuerza como la torcedura en el lagar, después de haber sacado el mosto,   que añaden agua a la casca (orujo) y la vuelven a exprimir y torcer] mediante husillo para su venta; la multa era extremadamente severa para quien infringiera la norma: 3.000 maravedís y destrucción de los husillos y demás utensilios empleados para su elaboración.

El precio del vino para su venta era establecido cada cosecha por los regidores, a cuyo cargo estaba la supervisión de la comercialización del producto, si bien todo lo concerniente a la medida del vino estaba a cargo del fiel medidor, individuo arrendatario de dicho servicio.

La venta al público se realizaba en la taberna del municipio, aunque los vecinos cosecheros tenían permitido vender, si bien sólo de su propia cosecha y siempre al precio estipulado por los regidores.

En línea con las medidas proteccionistas del comercio local, comunes en la mayoría de los municipios cosecheros, la norma municipal establecía que todo el vino que se vendiera en la villa debía ser del producido en su jurisdicción; estaba prohibido meter vino de fuera, salvo que se tratara de vino producido con una uva procedente de propiedades de vecinos o de sus esposas en los términos de La Torre de Esteban Hambrán y Villa del Prado, localidades pertenecientes al dominio del castillo de Alamín. Solo se contemplaba una sola excepción a esta norma; se permitía meter vino de San Martin de Valdeiglesias, localidad también sujeta a la jurisdicción de los Duques del Infantado, para su venta en la taberna con fines terapéuticos. Quien metiera en el pueblo vino de otros lugares se exponían a multas de 600 maravedís y la pérdida del vino y cueros en que los hubiere metido.

Las  cuevas del arroyo

La construcción de bodegas subterráneas para almacenaje de vino, tiene en Méntrida su origen ligado a la edificación de las viviendas de los cosecheros lugareños, como espacios vinculados a la bodega en superficie, donde se ubicaba el lagar, ámbito específico destinado a la elaboración de los caldos. Es habitual encontrar dichas cuevas – bodega, diferenciadas del espacio dedicado a bodega, donde estaba la viga correspondiente para prensar el mosto y los recipientes /tinajas y cubas) para la elaboración del vino.

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Acceso a las cuevas (actual)

Este tipo de casas están documentadas en el casco urbano, lo que indica la presencia de cuevas – bodega tanto en las primeras viviendas del primitivo caserío medieval, como en las construidas a partir del siglo XV en la zona de ensanche, dada la importancia de la actividad vitivinícola en la economía mentridana desde su origen medieval.

El complejo de cuevas horadadas se sitúa en la ladera septentrional del cerro de Los Castillejos, en la margen izquierda del arroyo de Valdegotera, en las proximidades de la plaza antiguamente denominada de Loa Alamillos, a la altura de la desembocadura del arroyo de Valdegotera, y dando cara a la calle de La Solana.

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La tipología de estos almacenes soterrados, excavados a pico y pala en terreno sedentario de aluvión, compuesto básicamente de areniscas y arcilla. La cueva ha de proporcionar unas condiciones ambientales beneficiosas para la buena conservación del vino; lo principal,  temperatura constante y escasa humedad. Lo primero se garantiza merced a la inercia térmica del suelo profundo donde se ubica, que posibilita mantener a lo largo de todo el año una temperatura estable, en torno a los 12 -14 grados, con ligeras oscilaciones en invierno y verano. Lo segundo se logra mediante un sistema de ventilación, a través de los denominados respiraderos, que permiten airear la instalación, creando una corriente continua al penetrar el viento fresco del cierzo a través del acceso a la cueva, motivo por el cual este se sitúa necesariamente hacia el norte. Además, el soterramiento aporta ausencia de luz y de vibraciones, factores ambos muy beneficiosos para la idónea conservación de los vinos, objetivo final de la instalación.

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Las chimeneas practicadas en determinados tramos de las galerías, aquí llamadas respiraderos y en otros sitios conocidas como luceros (por permitir penetrar mínimamente luz al interior), se conocían también con el apelativo de zarceras, pues además de contribuir a ventilar la cueva cumplían también la importante misión de evacuar el toxico CO2 procedente de la fermentación del vino, que constituía un peligro evidente para los bodegueros. Y se les denomino zarceras porque en su vertical se solían encender hornillos de zarzas, para propiciar una mayor corriente de aire en la instalación y así, favorecer la eliminación del gas toxico residual.

La presencia ocasional de dicho gas, en Méntrida conocido vulgarmente como tufo, justifico la costumbre de acceder al interior de la cueva portando un candil enganchado a una larga caña, que se llevaba a ras de suelo, para alertar del peligro; si la llama del candil se amortiguaba o apagaba, el bodeguero abandonaba raudo la cueva, para evitar intoxicarse.

Cuando esto sucedía, se arrojaban zarzas ardiendo por los respiraderos, para acelerar la ventilación de la cueva y purificar el aire de la misma.

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La limpieza de la instalación, se favorece mediante el empedrado del piso del caño (denominación propia de la galería), que se dispone con ligera caída hacia los extremos con el fin de evacuar cualquier fluido, aspecto que se propicia también con la disposición ligeramente ascendente del suelo del caño y que justifica la presencia de pozos ciegos junto al acceso a la cueva.

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